Publicado el: 02 Nov 2016

¡Mecagüeneljalogüen!

Por Plácido RODRÍGUEZ

Dicen que la celebración de la noche de Halloween proviene de una antigua tradición celta, «el Samhain», una especie de verbena místico- folclórica que coincidía con el final de las cosechas y que solía desembocar en algo similar a la celebración actual del Año Nuevo. Sin necesidad de hacer el ridículo con narices de payaso, atragantarse comiendo uvas, poner al resto de la tribu perdidos de confeti ni aturullarlos con un matasuegras, los druidas conseguían comunicarse con los espíritus y les permitían visitar sus antiguos hogares. Del sicotrópico que empleaban para conseguirlo no encontré datos, pero si hoy en día los banqueros ingiriesen una de aquellas pócimas tal vez podrían hacer algo parecido con los cientos de miles de desahuciados que llevan echados a la calle.
Al parecer aquellos primitivos moradores de nuestra tierra no padecían muchas de las enfermedades actuales con las que se están forrando las empresas farmacéuticas, y algunos preferían morirse antes de acudir al consultorio del druida de turno: quizá porque el tratamiento solía ser a base de brebajes escatológicos y nauseabundos que consolidarían un vómito crónico en cualquier paciente, quizá porque para ellos el lugar de los espíritus era un lugar de felicidad en el que no había hambre ni dolor. Luego vinieron los cristianos a cambiarlo todo a base de fagocitar cualquier celebración pagana, de modo que el papa Gregorio IV ordenó (porque los papas siempre fueron gente de dar muchas órdenes, además de abundantes hostias) que el tema de los espíritus libres con los que se regocijaban de la muerte los bárbaros celtas había que atajarlo con agua bendita para darle un aire más solemne y menos embriagador. Así pues lo declaró el día de todos los santos. De esta manera fue y seguirá evolucionando la noche del 31 de octubre a merced del interés manipulador de quien ostente la autoridad moral en ese momento.
Yo me quedo con la connotación de «la noche de las brujas», y las exhorto a que pronuncien el conjuro que desaloje de una vez la intrusión yanqui del «truco o trato», y repitan cuantas veces sea necesario: ¡Mecagüeneljalogüen!

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