Publicado el: 25 Jul 2019

Un nuevo brote de silencio

Por Plácido RODRÍGUEZ

Hace unos días leí una noticia perdida en medio de la nebulosa digital de Internet que decía: “El ébola avanza imparable en el Congo y deja ya 1.161 muertos. Dos de cada tres personas contagiadas con el virus fallecen en el brote más letal de la historia del país”. De nuevo otra epidemia amordazada. Mientras el brote esté contenido, mientras las fronteras que cruce sean las de su vecina Uganda, la muerte estará silenciada, como lo estuvo hace 5 años en otro lugar de África. Hasta que el infortunio viajó en avión a España. Recuerdo aquella carta…
«En Sierra Leona su nombre significa “Feliz”. Creo que sus padres le pusieron ese nombre por lo mucho que habían llorado, tanto que en su cara aparecieron surcos bajo los ojos cuando se les terminaron las lágrimas, como la tierra que se agrieta con la sequía. Entonces nació Makena, hace 5 años, al poco de terminar la guerra, cuando cesó la matanza.
Me han contado que en su país han sacrificado a un perro porque su dueña, que es enfermera, se ha infectado con el virus del ébola; espero que pueda superar la enfermedad.
Creo que el perro se llamaba Excálibur, que en su tierra significa “espada mágica”, la espada de un rey famoso. Es curioso, Makena también tenía un perro que se llamaba Obba, significa “rey”. Le pusieron ese nombre porque cuando veía a alguien comer se quedaba inmóvil, con las orejas levantadas, como si llevase puesta una corona puntiaguda, como si de verdad fuese un rey. Pero estaba muy flaco, como todos aquí, ya sean hombres o perros, y los reyes pueden estar delgados, pero no flacos: no es propio del cargo.
Me han contado que en su país la gente se ha indignado mucho por el sacrificio innecesario de Excalibur, un pobre animal inocente, feliz y cariñoso, como han de ser los perros bien cuidados. Obba no era tan feliz, tenía muchas pulgas y el cuerpo lleno de llagas, no paraba de rascarse.
Cuando la familia de Makena murió por el ébola, se quedó sola, le taparon la boca y la sacaron de su casa. Yo me hice cargo de ella. Es muy inteligente. Hay cientos de niños como ella, repudiados por haber sobrevivido a la enfermedad. La gente no lo entiende, son muy supersticiosos: que toda la familia haya muerto, salvo ella, lo ven como brujería. Soy médico, tuve el privilegio de estudiar y así poder ayudar a mis compatriotas enfermos; es lo más reconfortante que me ha pasado en la vida. Le estoy dictando esta carta a un colega de su país que ha venido a ayudarnos y tratar de contener la epidemia. Aunque de carácter algo malhumorado y pequeño de estatura, sin duda tiene un corazón enorme ─me ha costado mucho que escribiese esto último, lo ha hecho a regañadientes─. Yo ya no puedo escribir, también me he contagiado; pronto seré uno más entre los miles de muertos por este brote del virus. Es una enfermedad dolorosa y cruel, se sangra por fuera y por dentro. Pero lo que más me duele es no poder cuidar de Makena. Volverá a quedarse sola. Quién sabe qué puede ocurrirle.
Así que ya lo saben: si no quieren que sacrifiquen a más perros inocentes, envíennos la ayuda que tanto necesitamos para que la epidemia no se extienda».

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