Publicado el: 15 Ene 2019

Por desgracia, otra más

Por María José ÁLVAREZ BRAÑA

Más violaciones y otro asesinato a mujeres vuelven a estremecernos. Cada golpe, violación o crimen duele colectivamente, llevándonos al debate sobre las acciones para erradicar estas salvajadas.
Esta vez escuchamos a una política profesional afirmando que en denuncias relacionadas con malos tratos y agresiones, las mujeres tienen que ser creídas sí o sí, y que proteger su libertad sexual pasa por aceptar, siempre, como verdad, lo que dicen. ¡Y se quedó tan ancha!
Ni una sola medida para proteger a las mujeres puede rechazarse, es imprescindible acabar esta pesadilla. Pero solventarlo, como sugiere la excelsa jurista, conculcando principios sagrados de nuestro ordenamiento como la presunción de inocencia e igualdad ante la ley, es una locura. Implicaría hacer automáticamente culpable al hombre, y, a sensu contrario, tomar por verdad absoluta la palabra de cualquier fémina. Abriríamos la veda a chantajistas denunciando para lograr cualquier fin. Y ampararíamos a la sinvergüenza que ante un divorcio, espoleada por algún familiar, denuncia al marido diciéndole “dame más, y retiro la denuncia”.
No se empodera a la mujer demonizando al sexo masculino, no todos son monstruos potenciales. Ninguno que yo conozco es violador ni pondría jamás la mano encima a una mujer. Todas hemos topado con algún libidinoso “emocionado” ante el mínimo escote-minifalda, o baboso de piropo subido de tono haciéndose el machote. Repulsivos, pero no violadores, neutralizados con una mirada de asco o una palabra severa. La receta no vale para depredadores sexuales que precisan leyes implacables, adoptadas sin complejos, y sin las consideraciones ético-morales que ellos no tienen con sus víctimas. Erradicar el maltrato principia por educar en igualdad. E inculcando en ellas autoestima e independencia, pues su ausencia lleva a muchas a considerarse inferiores, tolerando y justificando humillaciones, vejaciones, y asumiendo una violencia que va in crescendo, hasta convertirlas en trapos en manos de sus dueños. Más de una se sentó en mi despacho alegando que no podría separarse pues no se sentía capaz de afrontar la vida sola. Dotemos a las mujeres de fortaleza, protección, libertad y medios, animémoslas a denunciar su situación, pero sin enfrentarlas a todos los hombres.
Educación, sí. Y justicia severísima para que alimañas no rehabilitables (algunos, según múltiples estudios, no lo son) permanezcan encerrados el resto de sus asquerosas vidas.

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