Publicado el: 09 Feb 2019

Recuerdos del cine de Pravia

El antiguo Vital Aza, hoy ruinoso, emocionó durante años a varias generaciones de niños

Cine Vital Aza / L. M.

 

Lucía Martínez / Pravia

El invierno se instaló en nuestras calles y por culpa de ese frío que lo acompaña como fiel escudero, nuestros cuerpos nos piden quedarse en el calor del hogar.
Pero a quien escribe, aunque nadie la vea, le encanta enfundarse bien y salir a las calles a impregnarse de ese silencio pues, en ocasiones, escuchas más que ante tanto ruido y se pasea mejor por las calles de esta maravillosa villa.
Me veo enfocando la calle del Príncipe y como compañía sólo tengo una brisa heladora que me obliga a caminar un poco más rápido hasta que algo me llama la atención y es el edificio en ruinas del antiguo cine Vital Aza y de repente mi cabeza hace “click” y me transporta a los maravillosos años del “ cine”.
El asistir a la película de estreno era todo un acontecimiento que tenía sus etapas:
1º.- Buscar provisiones en la confitería Marina. Que no nos faltasen los gusanitos, regalices, los maravillosos Kojak… etc
2º.- Prepararte para esas colas interminables con el objetivo de adquirir la entrada que nos despachaba Menchu (y luego Maruja) con suma paciencia en aquella taquilla.
3º.- Se abría la puerta y allí estaba José, para coger la entrada, siempre con alguna broma y con su famosa frase: “despacio, que hay sitio para todos”.
Te adentrabas en el cine y unos, según las edades, se dirigían hacia lo que se conocía como el gallinero, mientras que otros se quedaban en el patio de butacas.
Y aparecía en escena el gran Segundo, que hacía tanto la labor de acomodador como la del encargado de proyectar la película.
Comenzaba la película y el silencio reinaba en la sala, pero las emociones de estar viviéndola, como si nosotros fuésemos los protagonistas o animadores, nos arrancaba, en ciertos momentos, aplausos, pues a lo mejor nuestro héroe había ganado una batalla y la sala rompía alborozo hasta que oías la voz del gran Segundo: ¨o guardan silencio o paro la película”. Hay que decir en su defensa y me veo en la obligación de hacerlo, que nunca lo hizo.
Llegaba el descanso y se repetía la acción de ir en busca de provisiones. Volvíamos a cruzar a la confitería Marina, en donde, con suma paciencia, nos atendía a un numeroso grupo de niños que pedíamos todos a la vez, por miedo a que volviese a empezar y nos perdiésemos algo de nuestra peli favorita del momento.
Con el paso del tiempo ya no había que cruzar a la confitería Marina. José y Estrella, junto a sus hijas, Emma, Aurora y su hijo Santi abrieron en la parte de arriba del cine un ambigú donde llegábamos todos a la vez y ellos siempre pacientes y cariñosos. No era raro ir a comprar y que te faltase un duro por ejemplo y te decían: “ anda, ya me lo darás la próxima vez, no te quedes sin ello”. Hoy, recordando, me pregunto cuántos duros habremos dejado a deber.
Qué maravillosos años, que maravillosa gente y aunque es verdad que en épocas anteriores a la que yo relato hubo otros muchos, pero la que escribe, aunque puede que haya oído hablar de ellos, no los recuerda. Sirva para ellos también este pequeño reconocimiento.
Volviendo al edificio que albergaba el cine Vital Aza, tengo que decir que tenía muchas más funciones que la de proyectar películas. En el se celebraban diferentes eventos, por ejemplo, las funciones de Navidad de los colegios. Subirte a aquel escenario te hacía creer que estabas en uno de los mejores teatros de la Gran Vía de Madrid, era un mundo.
Para llegar al escenario había que cruzar un pasadizo por la parte trasera que, sinceramente, era bastante frío aunque apenas lo sentías a causa de los nervios y la emoción. Había hasta camerinos, en los que te creías ser la estrella del momento.
Sobre ese escenario, también se realizaban conciertos, charlas, hasta mítines políticos, por lo que creo que en mayor o menor medida, el cine Vital Aza forma parte de la vida de muchas generaciones y es una pena que tan emblemático edificio a día de hoy y después de tantísimos años, siga en ruinas.
Ojalá algún día se pueda restaurar, para que siga formando parte de la vida de muchas generaciones venideras y lo disfruten, como otros lo hicimos.Y aquí sigo mirando el edificio. aunque nadie me vea, retomando mi paseo y con un pensamiento en mi cabeza. ¡Qué felices éramos!

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