Publicado el: 06 Jun 2017

Noche de San Juan

Por Plácido RODRÍGUEZ

Por mucho que los astrónomos se empecinen en explicar el fenómeno en base al movimiento de translación del planeta y la inclinación de su eje de rotación, lo cierto es que la Tierra se inclina ante el Sol en señal de agradecimiento una vez al año.
El Astro que se consume en llamas ocupa el centro y los demás planetas giran en torno a él sin molestarse unos a otros. Es la voluntad de las estrellas: sacrificarse para dar luz y calor al resto del universo. Bien sea por la pedantería de buscar una contradicción cósmica, bien por rastrero interés personal, el ser humano funciona, en general, a la inversa, pues intenta convertirse en estrella con la energía y el trabajo de los demás.
Es una reverencia sencilla: inclinar y levantar de nuevo la cabeza. Nosotros la realizamos en pocos segundos, el planeta que nos soporta tarda 365 días. Son datos significativos de lo efímera que resulta la vida del mamífero “homo sapiens” comparada con los ciclos que rigen la Vía Láctea.
Siguiendo la tradición pagana rendimos culto al Astro en el solsticio de verano. En un acto donde confluyen prepotencia e ingenuidad, encendemos hogueras para darle fuerza, porque a partir de esa fecha se va debilitando hasta el solsticio de invierno. Sin embargo, los gases que se desprenden de la combustión aumentan el agujero en la capa de ozono, a través del cual ese mismo Sol nos castiga por osar comparar nuestro ridículo fuego con el suyo.
Los cristianos conmemoran el día en que el padre de San Juan Bautista encendió una hoguera para anunciar el nacimiento de su hijo. Parece que le cogieron el gusto a las hogueras; aunque para no desperdiciar leña, la Inquisición las aprovechó y calentó en ellas brujas, herejes y todo tipo de desviados.
Como en Asturias somos descendientes de los celtas, celebramos también el culto al Agua, bañándonos en fuentes, ríos y playas. Al parecer, aquellos antepasados eran más bien de poco lavarse, así que algún astuto druida consiguió mejorar la higiene de la tribu con la ofrenda de poner a sus congéneres a remojo una vez al año.
De esta manera, el ingenio que en inicio caracterizó nuestra especie fue consolidándose con el tiempo en supina estupidez, creando todo tipo de ritos en torno a una noche mágica en la que se saltan las hogueras o se arrojan los deseos al fuego. ¿Qué magia puede haber en terminar, con el culo chamuscado, en urgencias? ¿No somos conscientes de que el fuego destruye materia y ambiciones? ¿No sería más lógico arrojar a la hoguera los malos pensamientos e inclinarse, como hace la Tierra, ante quienes tienen la capacidad de sacrificarse por el prójimo?

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