Publicado el: 17 Jul 2018

Fallamos

Por María José ÁLVAREZ BRAÑA

En los últimos veinte-treinta años hemos alcanzado unos niveles de conocimiento y avances científicos apabullantes.

Ganamos batallas a enfermedades antes incurables, desciframos el genoma humano, la tecnología nos abrió puertas a mundos insospechados, nos adentramos en la nanotecnología, encontramos agua en Marte etc., etc.

Sin embargo al leer periódicos, escuchar noticias y observar a algunas gentes, cabe cuestionarse si como personas hemos transitado hacia el mismo nivel de éxito. Porque ante ciertos comportamientos de algunos da la sensación de que mientras en unos campos evolucionamos magníficamente en otros casi involucionamos. Parece que en el rutilante camino hacia el progreso hemos olvidado preservar y transmitir adecuadamente valores esenciales para crecer como seres humanos y convivir en sociedad. Algo ha fallado.

Fallamos si niños de 13 años regresan sus domicilios borrachos como cubas, rozando el coma etílico y los padres ignoran que sus hijos beben. O cuando las ventas de video juegos agresivos superan con mucho a las de libros. Algo va mal si un futbolista gana mil veces más que un investigador, historiador, cirujano, literato o científico. O si un partido de futbol se califica de alto riego y obliga a emplear montones de policías para ser celebrado. Algún principio de humanidad se ha hecho añicos cuando un progenitor, para causar dolor a su ex pareja, es capaz de llegar a matar a los hijos comunes. Un alarma debe encenderse si casi nos habituamos a noticias de violaciones grupales y aún dudamos de la víctima. O cuando grupos de mujeres pretenden reivindicar el feminismo exhibiéndose desnudas y en posturas soeces. Y cuando cada cierto tiempo se detectan grupos pedófilos integrado por gentes aparentemente respetables. Hemos perdido el rumbo al consentir que a maestros y educadores se les pierda el respeto y enmendar a un niño pueda suponer el insulto o agresión por parte de los padres. O cuando a pequeñitos de tres-cuatro años les facilitamos el iPad o el móvil en vez de libros de cuentos.

Fallamos cuando quienes por enfermedad han tenido que utilizar enormes cantidades de dinero público pretenden, sin necesidad, continuar aprovechándose del sistema con la complicidad y asesoramiento de quienes moralmente habrían de frenarlos.

Mucho nos hemos equivocado si la gente posa sonriente en un selfie con un terrorista, si directivos de ONGs se embolsan la ayuda humanitaria y exigen favores sexuales chantajeando a los más desdichados, o si un mequetrefe ignorante aparece en programas basura durante años y se perpetúa como gurú de parte de la sociedad.

Algo hicimos mal cuando mozalbetes de perfecta salud tienen el cuajo de permanecer sentados en el bus sin ceder el asiento a un anciano o una embarazada. O cuando se atreven a insultar e incluso agredir a sus mayores o llegan a denunciar a los padres, sufragadores de toda su vida, por retirarles el móvil o reñirles.

Erramos permitiendo con nuestro silencio que quienes han accedido al mundo laboral por enchufe o herencia alardeen de valías propias inexistentes. O cuando seguimos pseudo justificando con el tan consabido “y tú más” que políticos de uno u otro signo nos roben. Mucho fallamos cuando hay gentes dispuestas en agosto a abandonar el cachorrito que como juguete regalaron en
Navidad. O cuando seguimos aceptando festejos populares basados en el daño o tortura a los animales.

En algo nos equivocamos si la zafiedad y grosería de algunos perdiendo el respeto a los demás nos pone en ocasiones en el filo de lo aceptable para convivir.

Fallamos al llenarnos la boca hablando de protección a la infancia pero callamos cuando las cadenas televisivas en horario infantil muestran escenas de violencia extrema o sexo depravado. Y fallamos cuando pedimos más recursos para educación pero los padres asisten impasibles a los malos modos de sus niños, permanecen impasibles mientras destrozan el mobiliario urbano o los sueltan a que corran y chillen en locales públicos sin consideración a los demás.

Afortunadamente somos más libres ,tolerantes y espontáneos de lo que éramos tres décadas atrás. Pero quizás nos fuimos con tal rapidez de un extremo a otro, nos dimos tal atracón que no pudimos digerirlo correctamente. Y para demostrar lo mucho más altos, guapos y listos que éramos acabamos desbocándonos y olvidamos encauzar nuestros logros dentro de los límites de lo sensato. Igual convenía repensarlo.

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