Publicado el: 11 Ago 2018

A todo tren

Por Roberto FERNÁNDEZ LLERA

A finales de los años 60, cantaba Víctor Manuel: “cuántas ilusiones lleva a la ciudad, ese tren tan viejo que no puede andar”. Aquel tren de madera circulaba entre vapores y tristeza, con gente humilde que buscaba prosperar. Hay un videoclip de esa canción –por cierto, en la estación de San Esteban- donde se refleja perfectamente el tono gris y de pena. Algunas décadas después, el “hijo del ferroviario” cantaba de nuevo a los trenes, recordando lo que tienen de bueno, pero con un fondo de nostalgia que llevaba más al pasado que al futuro.
Hoy los trenes no son de madera. Ya no “viaja un cura gordo y un guardia civil”, ni se ven gallinas, cerdos, caballos o soldados asomados por las ventanillas. Pero lo cierto es que en Asturias y en toda España llevamos tanto tiempo hablando de la alta velocidad (¡y qué llegue ya de una vez!) que nos hemos olvidado de las cercanías. Ese “olvido”, voluntario o intencionado, resulta visible en líneas casi abandonadas, horarios que no se cumplen, revisores que no están, máquinas que no funcionan, estaciones fantasma o velocidades a ritmo de procesión religiosa, más que de un servicio público del siglo XXI.
Asturias tiene la suerte de tener probablemente la mejor red de cercanías de toda España. O por lo menos, la teníamos hasta hace poco. Hay líneas trazadas de este a oeste, de norte a sur, conectando ciudades, villas y pueblos. Sin embargo, algunas permanecen inalteradas desde hace casi un siglo, a pesar de los evidentes cambios sociales, económicos, demográficos y, sobre todo, por la mejora de las carreteras. Digámoslo claro: no tiene sentido mantener apeaderos donde el mejor día de la semana suben o bajan media docena de personas. Esas estaciones intermedias de bajo uso deberían quedar para un servicio al día y, en los casos de nula asistencia, el tren pasaría de largo. La pasividad administrativa, lejos de ser una medida “social”, provoca el efecto contrario: un progresivo deterioro, la ineficiencia del servicio y un círculo vicioso de pérdida de viajeros. Desolador.

La pasividad administrativa, lejos de ser una medida “social”, provoca el efecto contrario: un progresivo deterioro, la ineficiencia del servicio y un círculo vicioso de pérdida de viajeros. Desolador.


En estos momentos hay varias líneas de cercanías en peligro de cierre y la peor es la que une Oviedo y San Esteban. Un recorrido necesario y, además, a través de un paisaje precioso. Pero nada atractivo tal y como demuestran las cifras. Como en casi todo, la peor actitud frente al progreso es tratar de conservar lo que hay, cuando lo que hay no es bueno.
Se me ocurren varias actuaciones inmediatas que podrían estimular la demanda de viajeros si la oferta mejora en cantidad y calidad, al puro estilo del economista Say. Pondré tres ejemplos.
El primer ejemplo, el más sencillo, para acometer a corto plazo y con mínimas inversiones (o incluso ahorrando dinero público), pasaría por revisar íntegramente los horarios, priorizando los desplazamientos de “extremo a extremo” y añadiendo más frecuencias regulares. Por no salir de la comarca, podríamos citar el recorrido de Pravia a Avilés y a Gijón, que podría pasar a ser directo todo el día, salvo una o dos franjas de ida y vuelta con paradas intermedias. En estos momentos el tren tarda el doble que el coche; así es imposible competir. A todo esto añadamos una intensa promoción publicitaria entre residentes y turistas, para que el tren recupere su prestigio y vuelva a estar “bien visto”.
Segundo ejemplo, con una inversión de cierta importancia, pero más que asumible: el ramal al aeropuerto desde Santiago del Monte. Estoy seguro de que aportaría decenas de miles de viajeros nuevos cada año, evitando además el monopolio del autobús o el sobrecoste del coche particular (gasolina, aparcamiento, congestión del tráfico). Todos los aeropuertos importantes del mundo tienen línea de ferrocarril o metro. ¿Por qué el nuestro todavía no?
Tercer ejemplo, bien conocido: la pasarela peatonal entre L’Arena y San Esteban. Además de otros beneficios que ya sabemos, tendríamos a los dos pueblos con estación de tren, cosa que ahora solo tiene uno de ellos.
Fuera de esta comarca no podemos olvidar algunas cosas inexplicables, por ejemplo, que Luanco no haya tenido ni tenga tren, a pesar de ser una de las villas más turísticas de toda Asturias (imaginemos lo que hubiese sido de su vecina Candás sin “el Carreño”). O que la estación “provisional” (sic) de Xixón siga en un páramo alejado del centro, restando viajeros cada día.
Mucho me temo que el Ministerio de Fomento no va a entrar en estos detalles. Por eso creo que es fundamental que el Principado de Asturias asuma cuanto antes las competencias en materia de ferrocarriles interiores y así pueda desarrollar una política propia, con el Consorcio de Transportes, coordinando carretera y ferrocarril. Todo ello, además, apostando por un transporte sostenible de viajeros y mercancías, muchísimo más ecológico que el de autocares y camiones. La cercanía entre el gestor y la ciudadanía es fundamental en algunas políticas públicas y esta es una de ellas. Eso sí, se debe negociar un buen traspaso, lo que implica que primero las inversiones fundamentales deben ser ejecutadas o financiadas por el ente ministerial, para no asumir un pufo multimillonario en la Comunidad Autónoma. Hay futuro para el tren. ¿Habrá voluntad?

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