Publicado el: 13 May 2017

El derecho a morir dignamente

Por José Manuel RODRÍGUEZ ANTOMIL

Hace poco escuchaba a un hombre desesperado, que padecía la enfermedad ElA. Aquél hombre, en su intento de llamar la atención de ciudadanos y políticos, contaba con un sufrimiento desgarrador su situación; no podía levantarse ni acostarse por sí solo, no podía asearse ni limpiarse y decía que si los médicos le dieran una medicina el la tomaría y podría morirse dulcemente evitándose el sufrimiento que estaba padeciendo él personalmente y quienes le rodeaban. A los pocos días ese hombre se suicidó.
¿Recuerdan ustedes a Ramón Sampedro? Aquel gallego que había sufrido un accidente y que llegó a pintar con la boca. También, se suicidó, presuntamente de forma asistida. ¿Cuántos casos de estos se darán sin que tengamos conocimiento de ellos? Pues bien, todos estos suicidios que considero justificados, tienen un responsable, que es una legislación obsoleta y que está más basada en creencias religiosas que en las verdaderas necesidades de la sociedad.
Nadie obliga a nadie a pedir la eutanasia, pero tampoco se le puede negar a quienes lo deseen.
Cuando una persona no quiere vivir a cualquier precio, cuando una persona que está en plenas facultades mentales se considera un ser inerte y una carga para sus familiares, tiene todo el derecho del mundo a pedir la eutanasia y a morir dignamente.
No tiene explicación que una persona pueda otorgar un testamento para donar sus bienes y se le niegue el derecho a decidir lo que hace con su vida, sin recurrir al suicidio.
Esta clase política que tenemos, como siempre, va muy por detrás de lo que demanda la sociedad y abre multitud de debates que a los ciudadanos no les interesan, quizás con la pretensión de desviar los problemas verdaderamente importantes. Y el derecho a una muerte digna, es uno de ellos.
En este caso, pasa como en su día sucedió con el divorcio; quienes por sus creencias estén en contra de la eutanasia, están en todo su derecho y es muy respetable, pero no tienen ninguna autoridad moral para imponer su pensamiento al resto de la sociedad que sí esté de acuerdo con ella.

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